El sábado presento mi primera novela, Suerte, a las 19.30 h en el Bibliocafé, por si te quieres pasar.
Será divertido, no para mí, claro, que estaré nerviosa perdida y con ganas de huir
a las antípodas australianas, como poco.
Ya me ha dicho mi editor que nada de denigrarme a mí misma en público,
de resaltar mis defectos por encima de todas las cosas.
¿Pero no te das cuenta de que el antimarketing es una técnica de marketing rompedora?,
le he señalado.
Sí, sí, pero los experimentos con gaseosa y en casa…
Corto y pego una entrevista que me ha hecho para el dossier que se envía
sobre la autora.
Entrevista de Bárbara Blasco con Manuel Turégano
Bárbara, ¿cuándo, cómo y dónde se gesta Suerte?
¿Cuándo? hace unos 5 años. ¿Cómo? una noche me visitó un hombre
triste y gris que acababa
de descubrir a través de un programa cutre de videncia que su
mujer ya no lo soportaba. Tuve
que escucharle. ¿Dónde? en algún rincón oscuro de mi cabeza, allí
donde crece la ficción como
maleza, descontrolada y salvaje.
¿Ya habías escrito otras cosas antes? ¿O decidiste tirarte a la
piscina así, de golpe, con una novela?
No, antes me había remojado los pies en varias charcas. Había
escrito cuentos y poemas. Creo
que escribo buenos poemas. Creo que escribo poemas horribles. Ese
es el problema con la
poesía: que uno nunca está seguro de lo que hace, por estar de
alguna manera la poesía sujeta
a la capacidad musical del momento, del que la escribe y del que
la lee. El terreno de la novela
me proporciona algo más de seguridad, aunque sea una falsa
seguridad intelectual.
En Suerte, entre otras cosas, hay un debate soterrado entre vida y
literatura. ¿Cómo definirías tú ahora tu postura ante esa extraña pareja
inseparable?
Pues digamos que vivo ese binomio vida/literatura con disonante
armonía. A veces he tenido
la sensación de que lo único adulto que me sucedía era la
literatura, que vivir era una
chiquillada, algo intrascendente que transcurría a ras de suelo.
Estúpido, ¿no? Otras veces he
coqueteado con Roland Barthes y he pensado que el lenguaje era
incapaz de explicar la vida. Entre estas dos posturas navego, vivo y escribo,
según soplen las mareas. Cuanto más intenso vivo, menos escribo. Cuando esa intensidad
llega a doler, me retiro y escribo.
A pesar de que todos los personajes de Suerte viven más o menos insertos en realidades "sólidas"
(familias, trabajos, amigos), sin embargo todos parecen perdidos, solos, ...
¿Es ese un signo de nuestro tiempo?
No sé si de nuestro tiempo o de todos los tiempos. Creo que el único
estado posible del ser
humano es la perplejidad, yo desconozco qué cosa es esto de la
realidad, tan extraña, lo raro
es vivir como decía aquel título de Carmen Martín Gaite. Por más
que se haga uno funcionario,
asesor de Endesa o ferviente creyente, la incertidumbre acaba por
alcanzarle. Mis personajes
son muy humanos en ese sentido, se resisten a reconocer que
convivimos con la duda.
En Suerte
introduces un ingrediente muy
singular: para afrontar el destino se invoca el azar, la suerte... ¿Por qué?
¿Los personajes han perdido hasta tal punto el control de sus vidas que necesitan
recurrir a esa vía o es simplemente que somos así, que apostamos un poco por lo
que sea para salir del atolladero?
Bueno, creer en el destino supone ya de entrada una fatalidad,
creer que algo está escrito te
invalida para escribirlo. Tiene que ver con esa incapacidad de
asumir la incertidumbre de la
que hablábamos antes. Hay gente que recurre a la videncia, a la
religión, a los bonos del
tesoro, con tal de asirse a algún agarradero, prefiere ponerse
trampas, para saber que van a
caer ahí, precisamente ahí, y no en algún lugar desconocido.
En la novela, los personajes por el mero hecho de creer en un
destino se encaminan sin
remedio hacia él. Es la famosa profecía autocumplida, si una
situación es definida como real,
esa situación tiene efectos reales.
Sin embargo, la realidad es que caminamos en la noche, hacia el
misterio siempre, y esa es la grandeza de la vida, nuestra suerte.
Cuando definiste la estructura de la novela, ¿seguiste tu propio
impulso, ella te llevó por este camino o utilizaste algún modelo?
Soy un completo desastre, dejo capítulos esparcidos aquí y allá,
ideas, palabras que han de ser
dichas, sucesos que han de suceder impepinablemente, hasta que
empieza a devorarme el
caos y entonces voy y me coloco los guantes de goma y el delantal
y me pongo a limpiar y a ordenar como una loca.
El impulso, la intuición, la inspiración son las puntas de lanza pero
luego hay que sacar toda la
artillería pesada, la reflexión, el trabajo, la disciplina para
poder plantar batalla.
En este caso, además, al ser una novela con varios personajes principales,
debía ser especialmente pulcra en la estructura y alternarlos con cierto equilibrio,
hacerlos aparecer y desaparecer de escena con cierto orden para que la historia
avanzara sin tropiezos.
Suerte es un título con fuerza y capacidad de sugestión. ¿Cómo llegaste a
él?
Pues con mucho sufrimiento. No me gustaba ese título, no me
gustaba ninguno de los
veintisiete títulos que barajé antes. Padezco problemas crónicos
para titular (es por una
malformación congénita), busco el título perfecto que resuma la
obra y a la vez abra dos
puntos en la imaginación, que contenga toda la precisión de la
poesía. Como no me sale, elijo
títulos cortos que disimulan mejor. Lo cierto es que cada vez me
gusta más Suerte, y que me
digan: suerte con tu novela!, ¿cómo se llama? Suerte, respondo.
Resulta tan palindrómico.
Suerte no es precisamente una novela "romántica" al uso. ¿Qué
opinas de ese género de "literatura"?
Creo que vivimos secuestrados por la cursilería, en la oratoria,
en la música- no hay más que
ver los ídolos de las adolescentes de hoy en día- en la televisión,
pero también en la literatura.
Y no me refiero sólo a novelas de género, estilo Danielle Steele,
también a la poesía seria, de
nivel, a la narrativa supuestamente libre de sospecha. Parece que
excusamos la cursilería como
una suerte de buenismo, de bondad blanda no exenta de
infantilismo. Yo trato de tener
activado el detector de cursilería cuando me pongo a escribir,
pero no siempre lo consigo. La
cursilería no deja de ser la capa superficial, esa que se pudre
pronto, de la belleza. Es lo que el
romanticismo al amor. En el fondo, hay que tener muchos cojones
para escribir sobre el amor de verdad, para vivirlo de verdad.