Pudiera ser un estorbo la belleza. Pudiera ser que caer en la
trampa de la estética nos condene a merodear eternamente por las afueras, a no
encontrar nunca el camino de regreso al centro.
O pudiera ser un arte eso de perderse. La única forma el de
vida dar vueltas alrededor de.
No sé. A menudo me sorprende la superioridad moral, la cualidad
casi divina que muchos hombres atribuyen a la belleza, como si ese combinado genético,
aleatorio y casual fuera una suerte de destino superior, un rasgo heroico, un
verdadero talento, que llega a confundirse con el bien. Como si el barman no fuera
dipsómano perdido.
A los delincuentes físicamente agraciados les caen condenas
más suaves, lo dice un estudio.
Los bebés sonríen más a las personas guapas. Lo dice otro
estudio.
Hay estudios que avalan esta tesis, y estudios que avalan la
contraria. Lo dice otro estudio.
Hay estudios sobre lo que dicen los estudios que dicen los
estudios.
En fin, salgamos de este jardín de puntillas.
Decía que no sé si la belleza puramente física es un
estorbo, una cualidad, un síntoma, un valor que empieza y termina en sí mismo,
o la parte visible de un esplendoroso iceberg.
Yo misma me sorprendí el otro día, hipnotizada por la
cadencia de un culo (femenino) que caminaba delante de mí, extasiada por el
milagro de esa curva perfecta, por la gravitante belleza del volumen hecho
carne. De verdad que no pude dejar de mirar ese culo.
Ya convinimos tú y yo que inteligencia y bondad- las
auténticas y no esas impostoras políticamente correctas que se pavonean por los
medios- eran dos formas de referirse a lo mismo, pero ¿y la belleza?, ¿dónde
queda la belleza en todo esto?
Los griegos, que todo lo inventaron, hasta la palabra crisis,
le formularon al tiempo, aún virgen, todas las preguntas posibles, haciendo del
interrogante acerca de la belleza el objeto del arte, ahorrándonos siglos y
siglos de frivolidad.
Sócrates distinguía entre las cosas bellas y la belleza, para
Platón, la belleza tangible era sólo una sombra, el concepto real de belleza sólo
podía hallarse en la inteligencia.
En la ética de Aristóteles lo bello era lo bueno, cuando el
bien adquiría visibilidad, se hacía bello. Un beso, Aristóteles.
Bondad, inteligencia, belleza, al final va a resultar todo
lo mismo, vivir, morir, lo mismo, vaya mierda de conclusiones a las que llego ¿verdad?, ¿la verdad? también al saco. Bondad,
inteligencia, belleza, verdad. Todo lo mismo.
A veces estoy deseando arrugarme y degradarme (y hasta depravarme)
para dejar que la auténtica belleza emerja, para ir centrándome, despejando
incógnitas y que no quede espacio para la duda.
Mientras, el mejor piropo sigue siendo el que dijo Sacha: Dios mío, ¡qué guapa estabas esta tarde cuando hablamos por teléfono!









