viernes, 17 de mayo de 2013

La poesía de la enfermedad





















Se caerán los dientes. A mí seguro. Caerán como pinzas de tender desde un quinto piso. Mi sonrisa se convertirá en un tendedero de tierno patetismo. Y qué si caminamos hacia el desastre. Mis piernas mordidas por la artritis me arrastraran, la cadera rendida ante el reuma las seguirá. Y qué si caminamos hacia la decrepitud.
Me crecerán dientes de leche, de raíces imperecederas como amor de madre, en algún lugar del cerebro. Me crecerán robustos fémures en algún lugar del cerebro, caderas ortopédicas, aladas, en algún lugar del cerebro. Volaré, morderé, me beberé el zumo de la vida destilado del fruto podrido del tiempo.

Mientras, pienso escribir sobre la poesía de la enfermedad. Sobre los trailers de ese peliculón que es la muerte. La enfermedad como metáfora. Por qué coleccionamos esa enfermedad y no otra, por qué hipocondríacos incapaces de soportar tanta felicidad, por qué almorranas tras procesar el desecho vital, por qué cándidas tras entregarse ciegamente  a aquel amante, por qué cáncer tras tragar la culebra que roe por dentro.
La enfermedad como una metáfora en la que no sabemos si el sentido figurado es el cuerpo o la calavera. Si el sentido real es el cuerpo o la calavera.
Sobre eso voy a escribir.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Firmo

















Firmo Bárbara, como cuando tenía doce años. Se lee claro mi nombre y no lleva apellido. Lo subrayo. 
No sé si ser adulto consiste en enmarañar la propia identidad, en abstraerla de su primitivo significado, en recetar incógnitas al exterior.
Debería hacerme con una firma glamurosa, adulta, ininteligible y molona. Debería.

Me fascinan los monos en las jaulas porque nunca sé con exactitud quién es el mono. El asombro en mis ojos es el asombro en sus ojos.

Siento el impulso de declarar amor eterno, incondicional cuando firmo un libro mío, tanto da que sea a un desconocido. Alcanzada por un rayo de amor ultracelestial, me fagocito en unas pocas líneas. Y es siempre insuficiente esa flamígera entrega.

Pues eso, que esta tarde, a las 17h., un mono de doce años alcanzado por un rayo de amor ultracelestial firmará ejemplares de su novela Suerte en la feria de Valencia.

lunes, 22 de abril de 2013

Blablabla



















 Yo quería hablar en Suerte de un tema trascendental, de cómo afecta a nuestra vida la creencia en el destino, de cómo la idea de que algo está escrito nos invalida para escribirlo, que incluso pretendiendo escapar a ese destino nos encaminamos fatalmente hacia él. Lo que viene a ser la famosa profecía autocumplida, elaborar una definición en principio «falsa» de una situación real, que desencadena un comportamiento que hace que esa situación se vuelva «verdadera».
Yo quería hablar de algo tan metafísico y elevado como es el destino, digo, y sin embargo he acabado hablando de videntes gordas que son sodomizadas.

Quería hablar de la imposibilidad de la literatura para explicar la vida, en la línea de Roland Barthes que decía no puede haber libertad sino fuera del lenguaje, que la vida excede cualquier formato que no sea la propia vida.
Y sin embargo he acabado hablando de un profesor de literatura que escupe citas de forma compulsiva, que quiere sodomizar a una vidente gorda.

Yo quería hablar de esa frontera de alambre de espino que separa la adolescencia de la edad adulta, de ese viaje sin retorno donde el juego empieza a ir en serio, y el dolor es la ficha con la que se apuesta. Quería hablar de lo difícil que es encontrar el propio ritmo, no llegar demasiado pronto, ni llegar demasiado tarde.  
Y sin embargo he acabado hablando de éxtasis mezclado con matarratas, de mamadas a ritmo de tango.  

Yo quería hablar de sexismo en forma de destino impuesto desde arriba, de esa amarga raíz que es la culpa y que crece en el interior femenino.
Y sin embargo he acabado hablando de una madurita que se tira a un joven gigoló.

Yo quería  hablar de la realidad, qué cosa tan extraña es eso de la realidad, de Cioran que decía “Yo sé que todo es irreal pero no sé cómo probarlo”, de que “lo raro es vivir” como decía aquel título de Carmen Martin Gaite, de la perplejidad como el único estado posible. Quería hablar de Proust, de Flaubert, de Rimbaud, de Boris Vian.
Y sin embargo he acabado hablando de esa poesía tangible que crece en los anuncios publicitarios, “en Burguer King, tú eres el king”y “A veces, a la vida se le escapa una sonrisa. Bombones de la Caja Roja de Nestlé”.

Yo quería, en definitiva, escribir la gran novela americana, y me ha salido un vodevil castizo y procaz.

Pero no pasa nada, que no cunda el pánico.
Creo que entre la noble intención de narrar algo elevado y el deseo raso de contar cabe mucha literatura.
Entre la cabeza, donde habitan las grandes obras maestras, y el papel, donde no logra sobrevivir casi ninguna, existen muy diversas formas de vida.

Yo aún no sé bien qué es la literatura, si es arte o entretenimiento, si forma parte del show business o es el pilar básico sobre el que se asienta el saber, si escribir es un acto de fe o es una herejía por jugar a ser dios, a crear tu propio mundo clic de Famobil donde poder violar, traicionar y matar a gusto. Si los que escribimos somos trabajadores del ocio, pertenecemos al gremio de los camareros, artistas circenses y funambulistas o formamos parte de la comunidad intelectual.

Sólo sé que la literatura que me gusta es la que es capaz de aunar estas aparentes contradicciones, la que se nutre de la paradoja, la que es capaz de hablar de lo universal a través de lo particular, la que se cubre con las palabras para desnudarse, la que cuenta la verdad a través de embustes, la que trata de responder a interrogantes abriendo dos puntos.

No sé qué pretendía al escribir Suerte, supongo que responder a algunos interrogantes personales, poder entender algunas cuestiones de la vida, no mostrar aquello que uno ya conoce, sino ponerse de puntillas para intentar atisbar aquello que nos  sobrepasa. No he llegado a ninguna conclusión pero creo he aceptado esas dudas, que las he integrado y he aprendido a convivir con ellas. (¿literatura terapéutica?)

No encontraba título para esta novela, probé 26 títulos antes que Suerte (en general me cuesta titular, es por una malformación congénita que padezco),  hasta que al final se quedó Suerte, por agotamiento, y porque los títulos breves disimulan más.  
Ahora sin embargo me gusta todo lo que sugiere la palabra suerte, en contraposición sobre todo con la palabra destino. Porque la suerte implica precisamente un interrogante, un caminar en la noche, pero con todos los sentidos abiertos, porque supone cierta valentía ante esa incertidumbre.  
Mientras que el destino huele a fatalidad, por más que sea el destino de un héroe, la suerte implica una incógnita, y una ilusión también.

Suerte es la primera novela, no que escribí, pero sí que logré terminar. Ha costado bastante de parir, todo lo que tiene esquinas se pare con dificultad, por lo que he decidido que el próximo libro he decidido que será redondo, en todos los sentidos.
La ilustración es de mi amigo, el gran Burguitos, que creo que ha captado perfectamente el espíritu que vive dentro. Espero que os guste.

viernes, 19 de abril de 2013

Que Dios reparta





















El sábado presento mi primera novela, Suerte, a las 19.30 h en el Bibliocafé, por si te quieres pasar. Será divertido, no para mí, claro, que estaré nerviosa perdida y con ganas de huir a las antípodas australianas, como poco.
Ya me ha dicho mi editor que nada de denigrarme a mí misma en público, de resaltar mis defectos por encima de todas las cosas.
¿Pero no te das cuenta de que el antimarketing es una técnica de marketing rompedora?, le he señalado.
Sí, sí, pero los experimentos con gaseosa y en casa…
Corto y pego una entrevista que me ha hecho para el dossier que se envía sobre la autora.  

Entrevista de Bárbara Blasco con Manuel Turégano

Bárbara, ¿cuándo, cómo y dónde se gesta Suerte?
¿Cuándo? hace unos 5 años. ¿Cómo? una noche me visitó un hombre triste y gris que acababa
de descubrir a través de un programa cutre de videncia que su mujer ya no lo soportaba. Tuve
que escucharle. ¿Dónde? en algún rincón oscuro de mi cabeza, allí donde crece la ficción como
maleza, descontrolada y salvaje.

¿Ya habías escrito otras cosas antes? ¿O decidiste tirarte a la piscina así, de golpe, con una novela?
No, antes me había remojado los pies en varias charcas. Había escrito cuentos y poemas. Creo
que escribo buenos poemas. Creo que escribo poemas horribles. Ese es el problema con la
poesía: que uno nunca está seguro de lo que hace, por estar de alguna manera la poesía sujeta
a la capacidad musical del momento, del que la escribe y del que la lee. El terreno de la novela
me proporciona algo más de seguridad, aunque sea una falsa seguridad intelectual.

En Suerte, entre otras cosas, hay un debate soterrado entre vida y literatura. ¿Cómo definirías tú ahora tu postura ante esa extraña pareja inseparable?
Pues digamos que vivo ese binomio vida/literatura con disonante armonía. A veces he tenido
la sensación de que lo único adulto que me sucedía era la literatura, que vivir era una
chiquillada, algo intrascendente que transcurría a ras de suelo. Estúpido, ¿no? Otras veces he
coqueteado con Roland Barthes y he pensado que el lenguaje era incapaz de explicar la vida. Entre estas dos posturas navego, vivo y escribo, según soplen las mareas. Cuanto más intenso vivo, menos escribo. Cuando esa intensidad llega a doler, me retiro y escribo.

A pesar de que todos los personajes de Suerte viven más o menos insertos en realidades "sólidas" (familias, trabajos, amigos), sin embargo todos parecen perdidos, solos, ... ¿Es ese un signo de nuestro tiempo?
No sé si de nuestro tiempo o de todos los tiempos. Creo que el único estado posible del ser
humano es la perplejidad, yo desconozco qué cosa es esto de la realidad, tan extraña, lo raro
es vivir como decía aquel título de Carmen Martín Gaite. Por más que se haga uno funcionario,
asesor de Endesa o ferviente creyente, la incertidumbre acaba por alcanzarle. Mis personajes
son muy humanos en ese sentido, se resisten a reconocer que convivimos con la duda.

En Suerte introduces un ingrediente muy singular: para afrontar el destino se invoca el azar, la suerte... ¿Por qué? ¿Los personajes han perdido hasta tal punto el control de sus vidas que necesitan recurrir a esa vía o es simplemente que somos así, que apostamos un poco por lo que sea para salir del atolladero?
Bueno, creer en el destino supone ya de entrada una fatalidad, creer que algo está escrito te
invalida para escribirlo. Tiene que ver con esa incapacidad de asumir la incertidumbre de la
que hablábamos antes. Hay gente que recurre a la videncia, a la religión, a los bonos del
tesoro, con tal de asirse a algún agarradero, prefiere ponerse trampas, para saber que van a
caer ahí, precisamente ahí, y no en algún lugar desconocido.
En la novela, los personajes por el mero hecho de creer en un destino se encaminan sin
remedio hacia él. Es la famosa profecía autocumplida, si una situación es definida como real,
esa situación tiene efectos reales.
Sin embargo, la realidad es que caminamos en la noche, hacia el misterio siempre, y esa es la grandeza de la vida, nuestra suerte.

Cuando definiste la estructura de la novela, ¿seguiste tu propio impulso, ella te llevó por este camino o utilizaste algún modelo?
Soy un completo desastre, dejo capítulos esparcidos aquí y allá, ideas, palabras que han de ser
dichas, sucesos que han de suceder impepinablemente, hasta que empieza a devorarme el
caos y entonces voy y me coloco los guantes de goma y el delantal y me pongo a limpiar y a ordenar como una loca.
El impulso, la intuición, la inspiración son las puntas de lanza pero luego hay que sacar toda la
artillería pesada, la reflexión, el trabajo, la disciplina para poder plantar batalla.
En este caso, además, al ser una novela con varios personajes principales, debía ser especialmente pulcra en la estructura y alternarlos con cierto equilibrio, hacerlos aparecer y desaparecer de escena con cierto orden para que la historia avanzara sin tropiezos.

Suerte es un título con fuerza y capacidad de sugestión. ¿Cómo llegaste a él?
Pues con mucho sufrimiento. No me gustaba ese título, no me gustaba ninguno de los
veintisiete títulos que barajé antes. Padezco problemas crónicos para titular (es por una
malformación congénita), busco el título perfecto que resuma la obra y a la vez abra dos
puntos en la imaginación, que contenga toda la precisión de la poesía. Como no me sale, elijo
títulos cortos que disimulan mejor. Lo cierto es que cada vez me gusta más Suerte, y que me
digan: suerte con tu novela!, ¿cómo se llama? Suerte, respondo. Resulta tan palindrómico.

Suerte no es precisamente una novela "romántica" al uso. ¿Qué opinas de ese género de "literatura"?
Creo que vivimos secuestrados por la cursilería, en la oratoria, en la música- no hay más que
ver los ídolos de las adolescentes de hoy en día- en la televisión, pero también en la literatura.
Y no me refiero sólo a novelas de género, estilo Danielle Steele, también a la poesía seria, de
nivel, a la narrativa supuestamente libre de sospecha. Parece que excusamos la cursilería como
una suerte de buenismo, de bondad blanda no exenta de infantilismo. Yo trato de tener
activado el detector de cursilería cuando me pongo a escribir, pero no siempre lo consigo. La
cursilería no deja de ser la capa superficial, esa que se pudre pronto, de la belleza. Es lo que el
romanticismo al amor. En el fondo, hay que tener muchos cojones para escribir sobre el amor de verdad, para vivirlo de verdad.

sábado, 9 de marzo de 2013

La mort plus douce




He de decirte que la cobardía no es más que procrastinación (pronuncia la palabra si tienes huevos), posponer el aquí y ahora en favor del ya mañana yo, yo ya yo ya yo ya, ya yo. Despilfarro de tiempo, pero qué derroche de vida.
He de decirte que la felicidad es sed presente, no agua estancada, no el sorbo que darás.
He de decirte que esa petite mort no es dulce, ni siquiera amarga, es insípida como un vidrio, un microinfarto emocional que necrosa el deseo.
He de decirte que no es bueno aspirar al coma terapéutico, ¿tú estás tonto o qué? No es bueno.
He de decirte que acumular riquezas, colchones  materiales o estatus sociales es otra suerte de cobardía, la misma desgracia de cobardía.
Que caer es la única forma sincera de volar.
¿Pero tú has visto qué valentía en los armónicos de esa voz? Se precipitan al vacío con eco intrépido, resuena en ellos la joie de vivre. ¿Has visto sus alas? ¿Iría a ser ciega que dios le dio esa voz? que diría Huidobro.
He de decirte que ha devenido perfectamente inútil sentir miedo.
Que je veux creuver la main sur le coeur. Una mano sobre el corazón y la otra agarrada a los huevos de mi bendito valiente.
La mort
plus
douce.

jueves, 21 de febrero de 2013

CROC

















Cuando me siento fea, escribo. Cuando me siento a escribir, me crecen raíces de las plantas de los pies. Cuando me crecen raíces, mastico hojas que saben a palabras, palabras que saben a hojas. Cuando mastico palabras, mi estómago se cubre de flores desadjetivadas. Cuando mi estómago se cubre de flores, mi corazón las riega con su sangre, flores rojas. Cuando mi corazón se desangra, soy hermosa. Cuando soy hermosa, tengo ganas de salir y copular con la primavera y con todos sus hijos. Cuando copulo con el hijo de la primavera, se me arrancan las raíces y vuelo, como una lechuga, como un gorrión, como una hoja. Cuando vuelo como una hoja, se me caen todas las palabras. Cuando se me caen todas las palabras, pierdo el equilibrio, que también es una palabra. Cuando pierdo el equilibrio, hago CROC contra una onomatopeya. Cuando hago CROC, me siento fea. Cuando me siento fea, escribo. Cuando me siento a escribir…


viernes, 15 de febrero de 2013

I´ll fight

video



Iré, iré, iré por ti, I will, lucharé, lucharé, lucharé por ti, I will, mataré, mataré, mataré, por ti, I will. Lo haré, lo haré, lo haré. I will,
I will,
 I wiill.
Pedazo de Tomahawk me ha reventado en el pecho. Te amo, Jeff. I will. Esta semana, te amo. Tu voz posee mi cerebro y muerde mi corazón, los restos de mi corazón reventado.  Moriré, moriré, moriré por ti, I will.
( Sabines: ¿Te parece bien que te quiera nada más que una semana? En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado.)
I will.
El amor como la forma más pura del valor. El valor como la forma más sucia del amor. El patriota más imbécil.
Amor, I will, I will, que es intensidad. Muerte que es sólo falta de intensidad.
Mientras caen las bombas a nuestro alrededor, tararea. Sólo tararea.
I´ll go, I´ll go, I´ll go, I´ll go for you, I´ll fight.

viernes, 8 de febrero de 2013

Que vivo sin vivir en mí
















A veces tengo la sensación de que lo único adulto que me sucede es la literatura, como si el vivir fuera una chiquillada, ¿no es idiota?
Que cuando leo, escribo, conecto con un tiempo más allá de los tiempos, y me elevo estratosféricamente hasta que la tierra es una pelotilla surgida de entre los dedos de los pies, mientras que cuando me lío a vivir, ay, cuando me lío a vivir, soy ese gusano que se arrastra a ras de suelo, supurando presente. ¿No es estúpido?
Que cuando escribo, o leo, soy trascendente, y oigo la voz del mundo, redonda y con eco- como si me hubiera zampado a Jean Gabin- rebotando en mi esternón, mientras que cuando vivo, joder, cómo chilla la gente. ¿No es subnormal?
Como si la literatura fuera cosa de adultos y vivir una chiquillada, como si contar historias no fuera la primera diversión de niños, y vivir la última obligación adulta.
Como si leer o escribir fueran morir un poco.
Que estoy viva y escribo. Y leo. Que porque estoy viva, escribo. Y leo. Que porque escribo y leo estoy viva.
Que vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero (ésta es Santa Teresa. Muerta ya. Y viva también)
Esa es la clave, creo, llegar a confundir vida y literatura, literatura y vida, vida y literatura hasta que se borre la muerte.

lunes, 21 de enero de 2013

Buscando la fórmula















Me he dado cuenta de que mis conversaciones con F. han pasado de ser puramente literarias, o impuramente literarias, a ser puramente sentimentales. Pero con el mismo espíritu analítico, echando mano del mismo aparataje teórico con el que nos enfrentamos a los textos o al hecho de escribir, abordamos los sentimientos, y en concreto el amor en todas sus formas. (Tal vez no ha habido tal traslocación y el amor en todas sus variantes sea el único tema de la literatura y el único tema de la vida y blablabla).

El caso es que yo sigo buscando la fórmula del amor, con mentalidad científica, aplicando el método observación, hipótesis, experimentación y teoría. A veces la experimentación me deja flojita porque uso mis propios sentimientos como ratas de laboratorio (siempre con guantes de silicona) pero creo que la fórmula anda cerca. Me he puesto gafas. Y una bata muy blanca sexy. No desespero.

Ya probé otras fórmulas sin resultado:

Deseo x oportunidad
-------------------------
soledad

Pasión + seguridad
------------------------
libertad

Soledad : deseo
-----------------------
afecto

No sé si debería incluir la palabra correspondencia.
El otro día pensaba si el amor no sería una cadena Mercedes quiere a Alfonso, Alfonso quiere a Eva, Eva quiere a Andrés, Andrés quiere a Clara, Clara quiere a Pierre, Pierre quiere a Mary, Mary quiere a Mohamed, Mohamed quiere a Alfonso- y así hasta dar la vuelta al mundo tres veces, no una ni dos sino tres- una cadena que necesita de esa falta de límite para extenderse, para propagarse cual polen al viento.
Si darse la vuelta y amar a quien te ama sea romper esa cadena, agotar el amor entre dos cuerpos, acabar con la propagación, convertirnos en el último eslabón.
Si ser continuidad o fin. Si principio o fin.

Decía Juarroz que el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.

Yo sigo investigando.

jueves, 3 de enero de 2013

Amigo Facebook





















Día 1. Abro Facebook: Bárbara, ¿cómo te sientes?
Fatal, tío, fatal. Me separé, me rompieron el corazón. No entiendo bien al ser humano así en su mismidad. 

Día 2. Abro Facebook : Bárbara, ¿qué novedades tienes?
Pues pocas ya que lo preguntas. Trabajando, escribiendo un poco. Mirando las nubes, lo cierto es que el otro día por primera vez que me pregunté qué habría detrás. ¿Vale eso como novedad?

Día 3. Abro Facebook: Bárbara, ¿cómo estás?
Sola, amigo Facebook, muy sola, a pesar de tu solicitud y de tu constante atención. Sola.

Dia 4. Abro Facebook: Bárbara, ¿cómo te va?
De puta madre, tío, de puta madre. 

Dia 5. Abro Facebook: Bárbara, ¿cómo te sientes?
Empiezo a pensar que eres un puto robot. 

Día 6. Abro Facebook: Bárbara qué novedades tienes?
Que te vayas a la mierda. Que no me hables más.

Día 7. Bárbara, ¿cómo te sientes? 

Día 8. Bárbara, ¿cómo estás?

Día 9. Bárbara, ¿qué novedades tienes?

Día 10. Bárbara, ¿cómo te va?

domingo, 23 de diciembre de 2012

Razones para escribir




















M. me preguntó por qué escribía y le dije: no sé, me gusta.

Y luego pensé que ese era el motivo por el que escribía, que si no fuera afásica, si pudiera expresarme tan ricamente con la palabra hablada, no escribiría.
 Al llegar a casa, rastreé en el blog en busca de motivos para escribir y encontré unos cuantos:

“Ahora sé que se escribe para borrar, para borrar la estela de lo real, para reconstruirle el himen a la mirada”.

“Me digo que a través de la literatura se explica el mundo, que tiene razón Bloom y Shakespeare y F, y que no sólo se explica, se crea el mundo, y no sólo se crea, se salva el mundo. Y no sólo se salva él que nos salvamos con él”.

“Ya conté que observaba la existencia de un fenómeno curioso: que la escritura viene a tumbarse sobre los recuerdos, viene a añadirse a ellos, como una capa de reluciente mugre. Que de tanto machacar un recuerdo, de recrearlo, de moldearlo, de estirarlo, acaba por confundirse con el recuerdo en sí, se adhiere a él como los lípidos a las células adiposas. Lo acaba modificando. Y ese hecho es sencillamente maravilloso, porque ya no se trata de engañar a los demás con historias inventadas, sino de engañarse a uno mismo y a la memoria con sus propios embustes. Crear una vida distinta en definitiva”.

“Escribir, instrucciones de uso:
1. coger el sufrimiento que viene en la caja negra, por las puntas, con cuidado de no dejar marcas de huellas personales que luego queden en el papel.
2. extenderlo bien, ayudándose de las palmas de las manos, de los codos, del hígado, del páncreas y hasta del corazoncito, si fuera necesario. Siempre con movimientos circulares. (Nota: si no se dispone de un corazoncito a mano, pueden utilizarse entrañas, el resultado es parecido).
3. dejar secar hasta comprobar que las partículas de carbón de la frustración, el desencanto y la desesperanza se han adherido bien al papel.
4. retirar el sobrante, soplar y leer una vez en voz alta, como si fuera una carta de la seguridad social.
5. no releer jamás.
En realidad, para escribir sólo hace falta pecado y culpa. Pecado y culpa. De venta en cualquier farmacia”.

“Lo cierto es que siempre he pensado que los diarios eran cosa de personas débiles, sentimentales o francesas. De personas con poco que ocultar. Si hasta Kafka en sus diarios se ponía tontorrón.
Recuerdo que de pequeña, quería escribir un diario, con tapas acolchadas, y delicadas flores en la portada, con su candado y su llavecita. Pero ya consciente de mi monstruosidad, de que si abría el grifo, el líquido verdoso y purulento que manaría nada tendría que ver con el agua, y sobre todo de mi falta de constancia, de mi incapacidad para mantener bajo llave los futuros motivos de mi exilio emocional, siempre lo posponía.
Hace ya tiempo que el grifo gotea, y que he aprendido a esconder mis ominosos secretos tras las palabras, a camuflarlos bajo metáforas, confiando en que tus ojos serán la llave, que verán y dejarán correr, como el agua”.

“Descartar el resto de historias para quedarse con una sola, y de ella, con los momentos capitulares que mostrar, es elegir desde qué piedra lanzarse al vacío. Siempre he sospechado que se trata de cerrar más que de abrir, de engullir más que de vomitar, de saciar más que de brindar”.

“Yo asocio la creación al hecho de completar o al hecho de rectificar, o a una acción que combine ambas acciones. A cerrar más que a abrir, a engullir más que a vomitar, a saciar más que a brindar. Me repito.
La vida es ese asunto inconcluso que debe ser completado por la ficción (mejor por la ficción pura que por la religión)”.

“A menudo me siento como una impostora que realiza actividades fraudulentas con las palabras como moneda de cambio, una contrabandista que trata de pasar por la aduana de la realidad sus falsificaciones chinas de productos de marca. Una maga de tres al cuarto actuando en un tugurio de mala muerte”.

“Escribimos a medias mi soledad y yo. Para ser exactos, a ella pueden atribuírsele las tres cuartas partes de mi, ejem, obra y a mí sólo ese cuartito oscuro al fondo del pasillo. Sé que no soy para nada imprescindible en esta historia, pero a ella le gusta hacerme creer que no es así, que mi opinión cuenta, aunque sea una opinión contaminada por el exterior, una opinión a veces expresada únicamente para hacerla rabiar.
Ella siempre me espera en el despacho, acomodada en su sillón de piel giratorio, las piernas cruzadas sobre la mesa.
Yo en cambio la abandono siempre que puedo, antepongo cualquier fiesta banal, cualquier café sobrevenido, a estar con ella y con su proyecto, como si la vida fuera justamente el reverso de su compañía. Y sin embargo, tantas veces me ha parecido ver a esa vida correr entre los renglones con sus patitas de alambre, saltar sobre las emes, columpiarse de una g, descansar en el regazo de una S mayúscula.
En eso estamos ella y yo, ella sin pensar en nada más que en su historia, yo, aunque hipócritamente se lo niegue, soñando con el reconocimiento, acariciando las partes más sensibles de ese ego crecido que bombea sangre desde su mismísimo centro, y cuyo deseo se adivina insaciable.
Cuando esto termine, ella se hará a un lado, se quedará en su tranquilo rincón y dejará que sea yo quien se lleve el aplauso, la colleja o la indiferencia, como si yo fuera la auténtica protagonista. Y yo la traicionaré sin dudarlo. La abandonaré cobardemente como se abandonan con la espalda esos ojos que han visto demasiado”.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La nada





















En un estado de Facebook, que viene a ser como un estado superior del alma, dice el amigo Vilas que tiene plena consciencia de que no morirá nunca. Yo por el contrario tengo plena consciencia de estar muriéndome cada minuto, qué digo cada minuto, cada segundo, qué digo cada segundo, cada milésima de segundo, qué digo. 
Y no sé por qué pongo por el contrario si en el fondo creo que las dos frases son la misma cosa. Morirse a todas horas y no morirse nunca. Entiendo a Vilas. Lo entiendo eternamente, a pesar de que sólo recuerdo haber sido inmortal en la adolescencia (pincha aquí y lo comprobarás.)

Lo cierto es que le vi las orejas a la muerte (eran peludas) y no me importa haberlo hecho, creo que me queda bien, me favorece bastante. -Tan mona y puede que tan efímera-, -tan sexy y tan maldita-. O algo así, que abuela no tengo. MURIÓ.
Creo de verdad que haber mirado a los ojos a la nada, no haber imaginado que uno le mira a los ojos sino haberlo hecho te llena la retina de todo. 

Y es rara la nada, tan inmensa, tan vasta, tan blanca. Uno se va quedando en pelotas a medida que avanza hacia ella, se despoja de prejuicios, de cáscaras, de culpas, de todas aquellas voces ajenas que pueblan las cabezas (Como aquel cura que exclamó en su agonía: todo era mentira!). Y se produce una magia extraña, nada por aquí, nada por allá, y tachán: Nada. Pero nada. Y detrás de esa nada, aún hay más nada. Hasta donde alcanza la vista, nada.Más allá, nada.
Lo más curioso es que cuando uno cierra los ojos, puede verlo todo, el mundo entero, qué digo el mundo, la galaxia, qué digo la galaxia, el universo, qué digo.