domingo, 31 de agosto de 2008

Impresiones de verano I (era inevitable)



No hay belleza que no hiera. En el Cabo de Gata el paisaje es de una belleza que raspa. Como una bailarina de esparto. Resulta, cuanto menos, inquietante.
Hay montañas que hablan y otras que callan. Aquí las montañas callan y tienen grandes ojos oscuros, puede que negros, siempre abiertos.
Y el mar es más húmedo y más turquesa, puede que en contraste con la tierra carbonizada. Igual que nosotros somos más felices frente a la tragedia televisada.
En algunos lugares de esta tierra volcánica parece que hubiera caído una bomba nuclear y emanaran los blancos efluvios de una extraña paz tras la catástrofe. Paz sin esperanza.





Descubro con asombro, con recelo y con solapado regocijo que aún sobrevive la España profunda, fosilizada en algunos pueblos de Almería. Recalamos en uno que es feo y subdesarrollado a rabiar. Me repugna y me fascina a partes iguales. Me metamorfoseo en una infantil turista americana y me empapo de exotismo autóctono. Pero pronto despierto en el cuerpo de una españolita del siglo XXI, de frágil memoria o de vicioso olvido, a la que le cuesta reconocer a aquella niña de los años 70.
Compramos un juguete para Bruno en uno de esos puestos ambulantes con molinillos y cachivaches coloridos de mi infancia que se extinguieron en el resto del mundo pero no aquí.
Y cenamos en la plaza del pueblo, bajo la luz amarillenta de las farolas mientras un hombre ensaya melodías de siempre con un organillo. Son fiestas, nos dicen. Y no quiero imaginar el pueblo en un día gris de noviembre.
La comida es mala y escasa. Ante mi asombro, Bruno come caracoles. De postre, polo, también llegado de la infancia. Lástima que se les haya terminado el Colajet.
La plaza es cuadrada, flanqueada por bloques que son la cara áspera de una caja de cerillas. El pueblo es feo, feo con ganas y con cemento rugoso y gris. Salvo el paseo. Será por el mar que le presta belleza a todo a su alrededor.
Tres niñas a punto de poner un pie en la adolescencia salen del bar. Van maquilladas y visten ropas baratas y ajustadas y lucen pendientes de plástico de vivos colores en las orejas. Parecen lumis. Si estuviéramos en Tailandia, puntos suspensivos, dice E. Sin embargo sus miradas son oscuramente inocentes, al contrario que las de las niñas prostitutas tailandesas, blancamente turbias.



Para rematar la experiencia extraterrestre visitamos la feria. Y termino de convencerme de que el tiempo no existe, es sólo una invención de la mente. Porque más que nadie, los feriantes y sus caravanas representan la victoria sobre el tiempo. Y me pregunto si, ya no en una caravana pero en un avión, podría sacarle la lengua a los días, a los meses, a los años, juntar con avaricia horas de diferencia, y así permanecer inmune a la erosión. Pararme en seco como la Preysler pero sin el dispendio en cirugía e indolencia. Pero caigo en la cuenta de que Galileo (o fue Copérnico) no murió en vano en la hoguera, de que el mundo es redondo y el tiempo acabaría por
alcanzarme.




También conocemos pueblos maravillosos, blancos y azules, azules y blancos en los que el mar está siempre presente. El mar que es la memoria (dónde habré oído eso antes…). Una memoria siempre revuelta. Un mar distinto cada día, mutante y eterno al tiempo. Como nuestro ánimo ahí dentro. Si fuéramos eternos, claro.
Y playas que permanecen indómitas, sin las miles de lanzas de sombrilla acribillando su vientre, sin ojos de cemento vigilándolas noche y día.
Y tienen piedras y también, como nosotros, cada piedra es distinta, pero todas han sido suavizadas, azotadas, domadas, pulidas, erosionadas por las olas. Y una sola piedra no es nada. Aún la más hermosa palidece fuera del tapiz, en la soledad de la palma de una mano.
El final de las vacaciones ha desteñido algo, y me ha entristecido la mancha que ha dejado. Una mancha antigua. En estos días, el pasado me alcanza por mucho que corra. Y es que él es más rápido que Carl Lewis y Usaín Bolt juntos.
En fin, que he vuelto. Y con ganas de dar guerra, aviso.