
No tengo noticias del mundo. No veo telediarios, no leo periódicos. ¿Seguirá existiendo esa representación amorfa y gelatinosa que los medios llaman mundo? Parece que sí, parece no ha pasado nada grave, la gente continua bañándose en playas y piscinas, con solapada lujuria, con indolente carnalidad. (Seguro que las piscinas alemanas estaban a rebosar en el verano del 41).
Puede que Montilla haya sido pillado en postura indecorosa con una señorita madrileña de muy buen ver.
Puede que un señor de Murcia haya inventado por fin el sufrómetro, ese aparato imprescindible en hospitales, partidos de fútbol y reuniones sadomasoquistas.
Puede que le hayan dado un premio por toda su carrera a Miguel Bosé.
Puede que investigadores norteamericanos hayan descubierto que el amor es un gen, un gen que apenas un 2% de la población posee.
Puede que el rey haya empezado a dar muestras de los primeros síntomas de Alzheimer.
Puede que ese cangrejo que vi hoy en la playa me haya mirado a los ojos y se haya sentido cangrejo.
Las noticias no dejan de ser manos de barro ajenas con las que amasar la idea del mundo hasta darle una forma redondita. ¿Vivimos en redondo, mami? me pregunta Bruno. Sí, cariño, sí.
El mundo como voluntad y representación. ¿Era optimista o pesimista Schopenhauer? Era filósofo, ¿no?
Lejanas, bufonas, anacrónicas, las noticias en verano desprenden más que nunca el olor del pegamento, penetrante y artificial, siempre fresco, que utilizamos para mantener viva nuestra fantasía de mundo real, redondo, que nos hace girar con él.
Sin embargo, no hay nada que suceda que no se haya gritado ya.
Tal vez el cangrejo ni me miró, ni siquiera cuando le lancé aquella bola de arena prieta.



