viernes, 30 de julio de 2010

Sin noticias del mundo



No tengo noticias del mundo. No veo telediarios, no leo periódicos. ¿Seguirá existiendo esa representación amorfa y gelatinosa que los medios llaman mundo? Parece que sí, parece no ha pasado nada grave, la gente continua bañándose en playas y piscinas, con solapada lujuria, con indolente carnalidad. (Seguro que las piscinas alemanas estaban a rebosar en el verano del 41).

Puede que Montilla haya sido pillado en postura indecorosa con una señorita madrileña de muy buen ver.
Puede que un señor de Murcia haya inventado por fin el sufrómetro, ese aparato imprescindible en hospitales, partidos de fútbol y reuniones sadomasoquistas.
Puede que le hayan dado un premio por toda su carrera a Miguel Bosé.
Puede que investigadores norteamericanos hayan descubierto que el amor es un gen, un gen que apenas un 2% de la población posee.
Puede que el rey haya empezado a dar muestras de los primeros síntomas de Alzheimer.
Puede que ese cangrejo que vi hoy en la playa me haya mirado a los ojos y se haya sentido cangrejo.

Las noticias no dejan de ser manos de barro ajenas con las que amasar la idea del mundo hasta darle una forma redondita. ¿Vivimos en redondo, mami? me pregunta Bruno. Sí, cariño, sí.
El mundo como voluntad y representación. ¿Era optimista o pesimista Schopenhauer? Era filósofo, ¿no?
Lejanas, bufonas, anacrónicas, las noticias en verano desprenden más que nunca el olor del pegamento, penetrante y artificial, siempre fresco, que utilizamos para mantener viva nuestra fantasía de mundo real, redondo, que nos hace girar con él.
Sin embargo, no hay nada que suceda que no se haya gritado ya.
Tal vez el cangrejo ni me miró, ni siquiera cuando le lancé aquella bola de arena prieta.

martes, 20 de julio de 2010

Vírgenes suicidas


Me han trastornado las hermanas Lisbon, esas vírgenes suicidas, con olor a mujer madura, a muerte rancia y a cereza. Cómo se combina el candor, la inocencia de unos cuerpos tiernos con el limo que enturbia la mirada. Se combina mal, se combina con muerte. Mueren todas. Las cinco. Suicidadas. Y es tan fascinante su sufrimiento, tan bello.

Compré el libro en una librería de Denia donde no había mucho que elegir, y han ido saliendo de él todo tipo de mariposas raras y bichos aún más raros.

Cómo construye esa mano entre bastidores esta historia, cómo mantiene la emoción hasta conducirnos hacia un final universal, inexplicable, anunciado ya en la primera página, despreciando todo misterio en la trama, retándonos a tratar de reconstruir lo irreconstruible, a tratar de acercarnos a ese misterio siempre móvil como un maldito horizonte.
Con el lenguaje exacto, ni demasiado poético, ni demasiado terrestre, ni demasiado cursi. Me ha gustado u/o trastornado el librito. Qué quedará de él con el tiempo, ni idea, la fogosidad de Lux follando en los tejados, la frase de Cecilia, que ya me comentó Delphine, ¿Qué haces aquí, guapa si todavía no tienes edad para saber lo mala qué es la vida?, pregunta el médico. Está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de trece años.

Los libros que me gustan los acabo y los vuelvo a empezar todo seguido, en un mismo acto. Y ya no me gustan tanto, afortunadamente. Les rebano un poquito el misterio y así me quedo más tranquila.

Y el suicidio me sigue pareciendo una mirada de única dirección, una estrechez en el callejón del porvenir pero sobre todo una manera pertinaz de creer en el destino. Lo contrario es la curiosidad. Esa pequeña picadura marca la diferencia.

Ejemplo: me imagino en una ofensiva en la que he de correr frente a las líneas enemigas con el objetivo de accionar un botón que salve a los nuestros. Somos un pequeño grupo de elegidos para la misión. Y yo soy una de ellos y corro, y corro como no he corrido en mi vida y silban las balas sobre mis hombros, pero yo sigo corriendo como si fueran a borrarse mis brazos y mis piernas. Estoy muy cerca de ese botón, voy a conseguir el objetivo, cuando me alcanza una bala. No duele pero de pronto estoy en el suelo, tendida, mientras todo sonido se apaga y el horizonte se desertiza, se ondula bajo el sol, con la clarividencia de un espejismo . Y sé que estoy jodida, que este mundo se acaba porque yo me acabo, y todas las minucias de la vidita pujan por perder sentido. Y aún así, en ese último instante, hago un esfuerzo y levanto la cabeza para para ver si el compañero que venía detrás consigue por fin alcanzar el ojetivo, consigue accionar el botón.

En eso se resume: en levantar o no la cabeza. En mirar hacia fuera una vez más, sólo por curiosidad.

Estoy metafísica . Serán las Lisbon.

miércoles, 14 de julio de 2010

Vidita



Vidita. Así me gusta más. Cuanto más pequeña, más sentido. Contemplada en la distancia corta, en la distancia reducida de un beso, donde se desdibujan los rasgos y se perfila nítida el alma (toma ya, cursilada). Sigo. Resguardada de grandes miras, de elevados objetivos, sin demasiado público. Vidas de barrio. Historias mínimas. Deseos escuetos, a ras de suelo.

Es un gran título Lo raro es vivir. Porque no me digas que no es raro vivir. ¿qué hacemos aquí? ¿qué? cosa, misión, carajo, ¿hacemos? quiénes, ¿cabe yo ahí dentro, qué es yo? ¿aquí?, por contraste con ¿allí?

Lo raro es vivir sin duda. Y cuanta más grandeza se le imprime, más raro.

Claro que todo tiene sus ventajas, hasta estar muerto tiene sus ventajas.

Obcecarse en dejar una herencia digna a los hijos, un trocito de tierra que puedan arañar, o en llevar la ropa interior siempre limpia por si a la brisa intempestiva de la muerte le da por husmear bajo la falda sin avisar. Hacer del traje de comunión de tu hija el centro del universo, como en Lloviendo piedras. Y que no digan que una no es decente. Que no digan que uno no es trabajador. Pequeños lastres que nos sujetan, miniaturas vitales. Así tiene más sentido lo raro, o al menos se adormece el sinsentido de lo raro.

En la barra fría y pegajosa del bar sin diseño, en la conversación insustancial sólo para reconocerse, para decirse estoy aquí, por contraste con allí, aquí, tú y yo, a la misma hora, en la misma barra, compartiendo instante.

En el trabajo repetido, en el ocio por contraste, en los hijos que se le parecen a uno. Ahí es más fácil distraer a la VIDA en mayúsculas y birlarle un pequeño sentido para esa vida en minúsculas, vidita.
...

M. estaba triste el otro día porque decía que es un facha para sus amigos nacionalistas y un independentista para sus amigos del resto de España.

No creo que se discuta de identidad sino de algo más crematístico. Pero se habla de identidad, es preferible hablar de cosas nobles, enaltecedoras, intangibles que de purito interés.

La identidad es algo resbaladizo, algo idiota también tratar de construir la propia identidad a través de la identidad colectiva. No es más que necesidad de acotar con rígidos fronteras externas a ese nómada interno, de acorralar esa duda que a todos nos crece dentro, de negar la dispersión de lo que somos. Claro que también pueden ser ganas de fiesta, ganas de multitud y de sudor humano. No sé.

No creo en la identidad colectiva, sólo en la locura colectiva. y cualquier sentimiento masivo me parece una entelequia, tendente al fanatismo o a la hinchada.
Además, hace tiempo que alcancé el colmo del nacionalismo y yo soy mi nación, y hablo mi propia lengua hacia dentro, y dicto mis leyes y tengo mi territorio delimitado -este cuerpo para placer y gloria, para fracaso y enfermedad- y donde a menudo me siento extranjera.

Así es que no hay de qué preocuparse, M.

Y se me está ocurriendo que, bien mirado, todo esto de la vidita, tenga algo que ver al fin y al cabo con esto de la identidad, con lo grande y lo pequeño, con las mayúsculas y las minúsculas, con aquí y allá. Con lo raro que es vivir, y lo que hacemos por olvidarlo.

Y hablando de viditas, me estoy dando la gran vida aquí por Jávea, entre calas y piscinas, entre siestas de baba densa y atardeceres que quitan la cabeza. Lo digo por dar envidia nomás....

Besooooos.

martes, 6 de julio de 2010

Vida social

video

El jueves fui a un concierto de Burguitos. Me encanta Burguitos. Es amigo mío Burguitos, aunque me gustaría igualmente si no fuera amigo mío. si no lo fuera, escucharía a Burguitos y querría que fuera amigo mío. Porque Burguitos es como un deslunado con todas las luces encendidas, como unas dunas peinadas, ardientes (no sé por qué digo esto).

Tiene talento Bruguitos, tiene coraje (parezco el Moreno) y resiste y se rinde a la creatividad. Destila esa clase de ternura rematada en guasa, ese sufrimiento transparente que se vuelve joie de vivre de alta graduación en su alambique particular. No conoce la timidez Burguitos cuando sube al escenario, pero es su compañera constante cuando se baja de él. (y… a estas alturas sabemos que nada es gratis). Levanta su soledad frente al público, la sostiene, y la hace girar sobre el eje invisible de su guitarra. Hay que tener cojones para eso. Ejerce una fuerza poderosa en directo. En mí al menos.

El jueves, en aquella terraza en medio de la nada, a la que se accedía por un camino de tierra en una noche-boca de lobo, en aquella terraza entre higueras, olivos y gintonics, -parecía que la tierra daba directamente los gintonics, no el enebro, sino el combinado brotando directamente de los árboles- , fui feliz durante hora y media. Tanto que apenas tengo nada más que contar.
Y además Burguitos hace estas cosas:




Y el viernes fui a la presentación del libro de Raúl, “Elefantiasis” (semana movidita para mi acostumbrada atonía social). Bueno, lo cierto es que no llegué a la presentación, me planté directamente en la cervecita de después y en las copas de más allá. Conocí a Alma, de pelo tan rojo como su entusiasmo, y Raúl me firmo un ejemplar con letra mimada.

Es curioso esto del blogomundi, de cómo las avanzadillas de la imaginación nos sacan ventaja, y uno llega después, siguiendo sus pasos, a conocer a alguien que ya conoce. Y ese alguien se le desdobla sin remedio en otros muchos, y se produce un cierto descuadre en el plano tridimensional, como si uno hubiera olvidado ponerse las gafas de 3D.
Es extraño. Raúl fue cazando a lo largo de la noche todas esas personalidades dispersas, sujetándolas por las riendas de su propia persona, consiguiendo acotar en él mismo a todos los Raúles de mi imaginación.

Y al final, todo encajó con un sencillo clic (como el de nuestro compartido Manara de adolescencia), y lo vi con nitidez. Alguien afable y cercano, alguien ya conocido. Lo pasamos bien.
A dónde van a parar esas otras personalidades anteriores imaginadas, esas otras voces, esos otros rostros, no tengo ni idea.
Le deseo mucha suerte con su libro, o algo mejor que la suerte.