jueves, 22 de septiembre de 2011

El apocalipsis

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La tristeza está llegando a la orilla, ya nos moja los pies. ¿Alguien tiene alguna puta buena noticia que compartir? Que no se la calle.

Por las aceras, cada día más malolientes, kilos y kilos de tristeza desparramados sin control, los contenedores ya no trasportan basura sino tristeza, ya no se taladran calles, no porque las arcas municipales estén vacías, sino por temor a que reviente toda esa tristeza subterránea, a que se derrame como la pasta de dientes al pinchar el tubo.
Naves industriales almacenan tristeza en los polígonos, en las cajas de seguridad de los bancos, más tristeza, contante y sonante. Tristeza en los fondos de inversión y hasta en el fondo del mar.

Por más que unos pocos se atrincheren en sus mansiones de lujo, también a ellos también les alcanzará la tristeza, y acaso lavará las suelas de sus zapatos, manchadas de vísceras y sangre.

Se acerca el fin de los tiempos, Apocalipsis now o en un ratito. Jesús, qué tiempos.

Todos los días me cuento mentiras que traten de sostenerme. Debería abolirse la realidad por ley. O al menos suspenderse temporalmente por decreto como se hizo con el impuesto de patrimonio. Aventemos la inflación de la imaginación, construyamos otra megaburbuja en la que tumbarnos a especular.

Voto al partido que incluya la huida de la realidad como pilar fundamental de su programa electoral, aunque me temo que eso es un pleonasmo ya que todo programa electoral es en sí mismo una burbuja rellena de aire, algo que alude a un mundo imaginario que en nada se parece a esta realidad, tan desamparada ella, como bien dice Manuel Jabois.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Cómo me maravillaría yo


Si algo conmemoraría yo (me ha venido Lola Flores a la cabeza, pero cómo me maravillaría yo, siempre flipé con esa mujer que ni canta, ni baila, pero qué espectáculo, que dijo un crítico de New York) digo que si algo conmemoraría yo, año tras año, sería sin duda la llegada de Internet, el mayor invento, no ya del siglo, sino de la historia de la humanidad. El fuego y luego Internet, vendría a ser el orden. Pero cómo me maravillaría yo.

Y no quiero con esto pecar de ingenua o de optimista. Soy consciente de que en la carrera de la globalización, con las nuevas tecnologías e Internete a la cabeza, algunos partieron ya desde posiciones aventajadas, y no dejan de reproducirse las mismas desigualdades, soy consciente de la brecha digital, de que los errores se expanden como virus, con ayuda de la Wikipedia, de la sobreinformación que a veces dificulta el acceso a la verdadera información, como esos ladrones tan listos que esconden el botín robado a la vista de todos, ocultándolo entre objetos de su misma especie. Ha estado todo el tiempo ahí, a la vista de todos, dicen en las pelis, cabeceando admirativamente. (Ahora que caigo es exactamente lo mismo que hacen los bancos).

Pero aún así, no me negarás que Internet es un gran invento, el mayor abanico de soledades jamás aventado, el susurro más grande jamás pronunciado.
Yo adoro vivir en un mundo con Internet, soy feliz con conexión, y el mundo anterior se me aparece oscuro y medieval, con mi soledad como un monstruo de siete cabezas echando fuego por la boca. Ahora sólo tiene tres.
Por eso no entiendo el desprecio de algunos intelectuales, como Umberto Eco, que dicen que Internet es idiota como Funes el memorioso y que las nuevas tecnologías van a acabar con la memoria.
¿No te pasas de apocalíptico, Umbertito?

Yo creo que es justo al contrario. Hoy se compran muchos menos discos, ¿para qué si puedes oírlos en el spotify?, muchas menos pelis, ¿para qué si se pueden ver directamente en no sé qué web?, ya no se posee sino que se transita por. Antes, en la época del almacenamiento físico, también llamado fetichismo, uno relajaba la memoria, la ponía en posición de descanso, sabiendo que sus recuerdos estaban a salvo en una carátula o una entrada en papel de un concierto. Ahora hay que hacer un esfuerzo mental por recordar cuál era ese grupo que oíste en radio 3 y buscarlo en el youtube. Ahora no basta con mirar tu estantería para saber qué música te gusta, ahora tienes que asomarte dentro y pegar el oído a ver qué suena.

Hoy la memoria ha ganado protagonismo, es mucho más importante ya que, desprovista de ayudas externas, debe realizar su trabajo de selección y archivo con más rigor y pureza.

Y además está la palabra escrita, que sigue siendo la estrella en Internet. Ese paso previo que significa hablar con uno mismo antes de hablar con los demás y que hace de la comunicación en Internet una bonita carambola.

A mí me encanta pensar que dentro de muchos años, cuando estos posts anden flotando por algún extraño limbo, tal vez alguna de estas palabras haya conseguido agarrarse con las uñas a las paredes de alguna memoria, aunque sea la mía.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Belleza y dolor

Qué pesadilla lo del 11-S. No ya lo que pasó sino que nos sigan restregando retrospectivas de esa exposición itinerante con impresionantes cuadros a todo color, y nuevos ángulos desde los que observar la tragedia-performance.

Qué afán de fetichismo, rediós.
Puede que sea hermoso, no lo niego, ese edificio espejado que explota por la punta como una cerilla, o la blanca ceniza cubriéndolo todo, como una orgía de coca, pero me pregunto sinceramente si no es asquerosito buscar la belleza en el dolor (en los toros va a ser que sí), recrearse en ella, aunque sea como mero espectador. Si no es de sádicos. O si es pura supervivencia, si por una ley de compensación, necesitamos encontrar un sentido- belleza- a algo aparentemente absurdo –y feo- como matar a desconocidos al tuntún.

No sé.
Yo me reconozco fan del dolor, el otro día caí en la cuenta de que era incapaz de recomendar una sola novela que levantara el ánimo. Que deberían prohibirme la entrada a los psiquiátricos de toda España, igual que se prohíbe a los ludópatas la entrada a los casinos. De todo lo leído este verano, que ha sido mucho, me quedo sin duda con El mar de los sargazos y Purga. Puro dolor y crudeza encuadernados.

Y aún así no deja de molestarme esa mutación pública del dolor en belleza, por pública, porque de hacerse creo que debería hacerse con la satisfecha y callada resignación con la que se vuelve de un orgasmo.
Y es que ya puestos, ¿por qué no celebramos el aniversario de la caída de Lehman Brothers, (algunos ya lo hacen en sus torres de cristal en la cumbre), ¿por qué no conmemoramos el genocidio de Ruanda, si tanto nos complace recordar las tragedias? (aprox. 1 millón de muertos, que se dice pronto, y es que qué lejos sigue quedando África, más lejos que nunca por más que a nuestra mesa se siente uno de Minnesota).

La explicación seguramente haya que buscarla en ese afán de construir la carretera del tiempo; lo mismo que con nuestra biografía, necesitamos construir una biografía colectiva por la que transitar, con sus puntos de anclaje que nos permitan dibujar el mapa del territorio. Que creen la ilusión de que no flotamos en el vacío.
Y qué gran clavo fue el 11-s: el día que cambió el mundo, qué imponente luminoso de dos por dos en la carretera.
Para hacernos olvidar que el mundo realmente no cambia, que esas dos variables tiempo y mundo son dos entelequias, dos megaconstrucciones que pueden caer en unos minutos, como las torres gemelas, con dolor y belleza.

martes, 6 de septiembre de 2011

Salimos M y yo


Salimos algunas veces M. y yo a bailar, a ligar y a beber. También a ligar, a beber y a bailar. Pero seguramente a beber, a bailar y a ligar. Nos gusta el rockanroll. Nos gusta ir a conciertos y guiñarle un ojo al cantante, contarle un chiste al del guardarropa, mirar sicalípticamente al camarero.

M. es pequeña y revoluciona la pista. Su lema, que sigue hasta sus últimas consecuencias, es: prefiero hacer el ridículo a aburrirme.

No es fácil aburrirse con M., sobre todo cuando hace el ridículo.

A veces vienen algunas amigas de M., barrenderas como ella, cuyos hijos atracan bancos o cuyos maridos se suicidan.
Mujeres solas que follan por Internet con politoxicómanos en rehabilitación o ponen anuncios tiernos como macetas: chica de 40 busca un hombre para una relación bonita y sencilla.
En fin, gente con algo que contar más allá de que en el curro han despedido a dos.

También M. tiene cosas que contar, como yo. Pero toda la miseria se nos hace risa cuando salimos, y atrapamos entre su cuerpo y el mío la distancia en años que nos conocemos, y nos da la sensación de que siempre es la misma mierda a nuestro alrededor pero nosotras somos distintas. Más viejas acaso. Que hemos aprendido a hacer figuritas de barro con esa mierda fresca que secamos al sol. Y eso nos da risa. Y el tequila también. Y guiñarle un ojo al cantante también. Y bailar pisando fuerte, como si la pista de baile fuera el único lugar de este mundo que no fuera a hundirse con el Ibex 35, también.