La tristeza está llegando a la orilla, ya nos moja los pies. ¿Alguien tiene alguna puta buena noticia que compartir? Que no se la calle.
Por las aceras, cada día más malolientes, kilos y kilos de tristeza desparramados sin control, los contenedores ya no trasportan basura sino tristeza, ya no se taladran calles, no porque las arcas municipales estén vacías, sino por temor a que reviente toda esa tristeza subterránea, a que se derrame como la pasta de dientes al pinchar el tubo.
Naves industriales almacenan tristeza en los polígonos, en las cajas de seguridad de los bancos, más tristeza, contante y sonante. Tristeza en los fondos de inversión y hasta en el fondo del mar.
Por más que unos pocos se atrincheren en sus mansiones de lujo, también a ellos también les alcanzará la tristeza, y acaso lavará las suelas de sus zapatos, manchadas de vísceras y sangre.
Se acerca el fin de los tiempos, Apocalipsis now o en un ratito. Jesús, qué tiempos.
Todos los días me cuento mentiras que traten de sostenerme. Debería abolirse la realidad por ley. O al menos suspenderse temporalmente por decreto como se hizo con el impuesto de patrimonio. Aventemos la inflación de la imaginación, construyamos otra megaburbuja en la que tumbarnos a especular.
Voto al partido que incluya la huida de la realidad como pilar fundamental de su programa electoral, aunque me temo que eso es un pleonasmo ya que todo programa electoral es en sí mismo una burbuja rellena de aire, algo que alude a un mundo imaginario que en nada se parece a esta realidad, tan desamparada ella, como bien dice Manuel Jabois.


